El Rincón del Relato

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P A R A L E L - I S T M O
Istmo ― Del lat. isthmus, y este del gr. ἰσθμός isthmós.
1. m. Lengua de tierra que une dos continentes o una península con un continente.

8:15 am
     Me despierto gracias a los primeros rayos de sol que inciden directamente sobre mi rostro, atravesando la ventana a la altura de las retamas de la orilla del río. Hasta donde llegan mis dotes de adivino, no deben ser más de las ocho, ocho y media. Buen momento para empezar un nuevo día.
8:15 am
     Mi despertador LG suena a la vez que proyecta la hora en el techo; de todas formas, no he podido pegar ojo en toda la noche. Los números del índice NIKKEI no han dejado de dar vueltas en mi cabeza, desvelándome por completo. En qué hora decidí aceptar ese dichoso trabajo.
8:45 am
     Pongo un poco de leche a calentar en la estufa. Mientras tanto, cojo algo de ropa, porque, a pesar de estar refugiado del fuerte vendaval que azota las tejas del refugio, aquí dentro sigue haciendo bastante frío, y es un ruido muy molesto. Además, tengo que estar preparado para salir a trabajar.
8:45 am
     Preparo el desayuno; un vaso de zumo, huevos con beicon y mi ansiada taza de café. El móvil no ha dejado de sonar en esta media hora, y me tiene harto. Aun así, mi trabajo se basa en estar informado, por lo que, a duras penas, desbloqueo la pantalla. Menos mal que, a pesar de lo duro que es, al menos puedo currar desde casa.
9:30 am
     Apenas puedo ver más allá de los árboles, pues la niebla es muy espesa. No obstante, me sé el camino de memoria, así que no me será difícil llegar a los mejores troncos. Bolita me acompaña durante todo el trayecto, haciéndome sentir un poco menos solo.
9:30 am
     Soltando un suspiro, me siento en el sillón que siempre utilizo para trabajar. Cojo el portátil y tecleo la contraseña. Una vez dentro, busco los archivos que me harán falta esta mañana. Mientras tanto, echo un vistazo a Little Ball, que se encuentra totalmente ajeno a mi presencia, como siempre.


3:15 pm
     La mañana ha pasado más lenta que de costumbre. Probablemente sea por el mal tiempo que hace, o quizá por las ganas que tengo de que llegue la hora de la comida. Mi hora, que cada día es distinta, pues me baso en el hambre que tenga; no sigo ningún horario establecido por los urbanitas. 
     Preparo los utensilios que necesito, que no son muchos, y me dispongo a cortar las pocas verduras que he podido rescatar del huerto que yo mismo cuido cada día. Aunque últimamente las ventiscas no dejan que saque mucho de provecho. Pongo un poco de leña en la chimenea y coloco encima la única olla que ha sobrevivido a la humedad. Analizando el menú de hoy, opto por aprovechar también el trozo de tocino que cuelga de la ventana, y así darle un poco de cuerpo a las sosas verduras.
3:15 pm 
     El reloj de la mesilla me indica que ya ha llegado la hora de comer, lo que me hace resoplar. Ni siquiera me ha dado tiempo a terminar todo lo que tenía pensado hacer antes de la comida, así que tendré que, o bien prepararme algo rápido que no me quite demasiado tiempo, o bien seguir por la tarde. 
     Abro la nevera y saco solo los ingredientes necesarios. Tampoco quiero complicarme mucho, así que opto por un sándwich de jamón y queso. Mientras me lo como, meto una taza de café que había sobrado por la mañana en el microondas, para que esté caliente cuando haya terminado. Sigo comiendo en silencio, con la mirada perdida en el ventanal del salón, observando cómo la lluvia choca contra los cristales. Pienso en lo acertado que ha salido el día, pues hoy no me apetece nada salir.

     Me llamo Sergio, tengo treinta años, once meses y quince días. Decidí marcharme de la ciudad y venir a vivir a la montaña hace ciento doce lunas, y eso es algo de lo que nunca me arrepentiré. Mi casa no es más que una pequeña cabaña en medio de la nada. También tiene algunas frases grabadas en las paredes, frases que necesito plasmar en algún lugar porque son esenciales para cualquiera que pase por aquí y quiera pararse un momento a pensar. Al fin y al cabo, fue mi necesidad de aislarme y meditar lo que me trajo aquí. Ah, y vivo con mi gato Bolita. 
     Me llamo Eliot, tengo 31 años y soy de Nueva York. Mi vida no tiene nada de interesante; es bastante aburrida, la verdad. Trabajo en La Bolsa, lo que me mantiene ocupado las veinte y cuatro horas del día, pues hasta soñando pienso con ella. Vivo en un lujoso apartamento de Manhattan con mi gato persa, Little Ball. Paso la mayor parte del año ocupado, pero, cuando tengo un poco de tiempo libre, me gusta dedicárselo a la lectura, la fotografía y el arte. Adoro acercarme a los museos y empaparme de cultura.


4:45 pm
     Bolita me mira desde la puerta e inclina ligeramente la cabeza. Seguramente no entienda qué diablos está haciendo un loco como yo, bajo la lluvia, organizando unas piedras aparentemente normales, que, sin embargo, para mí tienen una importancia que nadie llegaría a comprender nunca, y mucho menos un gato. Quiero que estén ordenadas de una manera especial  —en círculo—, y he sentido la necesidad de hacerlo ahora.
4:45 pm
     Odio la lluvia, por eso intento siempre prescindir de ella. Decido, una vez he acabado el trabajo que tenía pendiente, coger un libro y disfrutar de la tarde en soledad, impregnándome de las aventuras en las que el protagonista se ve envuelto. Mientras tanto, me organizo mentalmente, dejando varias cosas sin hacer, como, por ejemplo, ordenar el desastre que es mi cuarto. Little Ball duerme sin prestarme atención.
8:00 pm
     La hierba está mojada, pero no me importa, porque he venido preparado. Estiro la manta que traía conmigo y me siento. Bolita me acompaña. Ambos nos quedamos en silencio, esperando. La lluvia nos ha dado una tregua, y hemos decidido salir a aprovecharla. Tres ciervas aparecen en la pradera. Están buscando los mejores brotes en el suelo, pero levantan la cabeza unos segundos y nos miran. Parecemos no ser demasiado interesantes, pues enseguida desvían la mirada y siguen con su cometido. 
8:00 pm
     Enciendo el televisor. No hay nada interesante, pero me entretengo haciendo zapping durante un rato que se me hace eterno. Llego al canal de los documentales, y, sin saber por qué, dejo el mando a un lado. Aunque no aguanto por mucho tiempo; ver cómo una manada de ciervas pasta me parece la mar de aburrido, así que sigo buscando. 
10:30 pm
     Ha llegado la hora de dormir, y es que mi cuerpo me pide a gritos que le dé su merecido descanso. Lejos de querer contradecirle, decido meterme en la cama. Bolita sube conmigo al delgado colchón, pero esta noche no quiero más su compañía, así que le aparto para que se baje al suelo. Un rato después, caigo en un profundo sueño.
10:30 pm
     Como de costumbre, me va a costar dormir. Con todas las luces apagadas excepto la de mi mesilla de noche, aparto el edredón nórdico y voy en busca de Little Ball. Hoy ha sido un día taciturno y solitario, así que me lo llevo a la cama conmigo, algo que nunca he hecho, y, sorprendentemente, me quedo dormido de inmediato.

      P.D.: Uno de los relatos paralelos está basado en una historia real, su personaje nos narra sus vivencias en el blog PARAÍSO URBIÓN. El istmo, su gato, nos dejó hace unos meses, y su lugar lo ocupa su hija Piu.


(DE MI PATRICIA, DEL CLAN TRUCHAX DE LOGROÑO)

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